marzo 4, 2020

Lámparas de radiación ultravioleta, el desinfectante alternativo al ozono contra el Covid-19

Lámparas de radiación ultravioleta, el desinfectante alternativo al ozono contra el Covid-19

La luz UV-C producida artificialmente se utiliza con éxito como germicida y bactericida en multitud de campos y cada vez más en centros hospitalarios

La crisis sanitaria desencadenada por el Covid-19 mantiene al planeta trabajando en dos sentidos: por un lado, en la investigación para conseguir una vacuna y, por otro, en medidas higiénico-sanitarias, tanto individuales como comunitarias que, con la desinfección, eviten el contagio.

Junto a los generadores de ozono (uno de los desinfectantes más potentes para la eliminación de todo tipo de microorganismos), que se han revelado en esta pandemia como herramientas eficaces, rápidas y relativamente económicas para acabar con el virus cuando se deposita en las superficies, se ha sumado una técnica innovadora, cada vez más extendida entre los centros hospitalarios. Se trata del uso de lámparas de radiación ultravioleta (UV-C).
Aunque más conocidas son las radiaciones UV-A y las UV-B (procedentes del sol o de las camas solares para el bronceado artificial) por los peligros que entraña exponerse directamente a ellas, la radiación UV-C también es producida por el sol, aunque se filtra casi por completo al pasar por la atmósfera antes de llegar a la superficie terrestre. «Es su longitud de onda ultravioleta más corta, entre los 280 y 100 nanómetros, la que convierte a esta radiación en unpotente germicida y bactericida capaz de destruir tanto el ADN como el ARN, donde está la programación genética de los virus y las bacterias», explica a este periódico Francisco Guillén, miembro de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública e Higiene (SEMPSPH), y doctor de la Clínica Universidad de Navarra, cuyos centros en Madrid y Pamplona fueron pioneros en España en aplicar esta técnica en la desinfección de instalaciones hospitalarias.

Sin embargo, durante décadas, la UV-C producida artificialmente se ha utilizado con éxito como germicida y bactericida en multitud de campos: para la desinfección en estaciones depuradoras de aguas residuales, laboratorios, sistemas de aire acondicionado, piscinas, acuarios e, incluso, en distintas etapas de los procesos industriales de alimentos y bebidas. Sin embargo, nunca como hasta ahora, había sido tan demandada para la desinfección en centros sanitarios.

Puede matar microorganismos, bacterias, virus y otros patógenos, o impedir su desarrollo, y proporciona una alternativa sin sustancias químicas a otros métodos de desinfección, como el uso de cloro.

Para Guillén, que realizó un máster de Epidemiología en la Universidad de Harvard, las ventajas son evidentes: «Es una técnica respetuosa con el medio ambiente; no genera resistencia, pues al destruir toda la información genética del virus lo incapacita para que continúe reproduciéndose y, por último, permite el uso inmediato del espacio desinfectado sin precisar un tiempo de seguridad. En función de la intensidad de las lámparas, el modelo comercial y los metros cuadrados a desinfectar puede ser de entre 5 y 15 minutos», apunta Guillén. Concretamente, en eliminar los gérmenes de una de las 180 habitaciones de la Clínica, que tienen unos 20 metros cuadrados, emplean 15 minutos. «Requiere mover la lámpara y colocarla en tres posiciones diferentes para una completa desinfección: a la derecha e izquierda de la cama y en el cuarto de baño», detalla el doctor. Con ello, contrarrestan uno de los claros inconvenientes de esta tecnología: las zonas de sombra, es decir, donde no llega la luz no hay esterilización. «Las superficies que tienen más riesgo son las que tocamos. Por eso, me preocupa más desinfectar en una habitación el teléfono, el mando para llamar a la enfermera o los raíles de la cama que la zona superior del armario, donde no va a tocar nadie», declara.

Normalmente, las lámparas de vapor de mercurio son las más utilizadas para generar UV-C germicidas. Sin embargo, son cada vez más frecuentes las de gas xenon y, en último lugar y gracias a los avances tecnológicos, aquellas que permiten disponer de diodos emisores de luz (LED) UV-C.

En general, son equipos caros, que rondan entre los 35.000 y los 140.000 euros, y que no entrañan riesgos para la salud, siempre que no haya una exposición a la máquina mientras está encendida. «Sería muy difícil que eso ocurriese, ya que cuando se programa la lámpara, ésta tarda un minuto en encenderse para que dé tiempo a abandonar la habitación. Cuando termina, se apaga. Además, para más seguridad, dispone de unos sensores de presencia para desconectarse en caso de que alguien irrumpiese mientras está funcionando. Es tan importante evitar la exposición a estas radiaciones, que cuando uno de estos sensores se rompe, la máquina deja de funcionar», recalca Guillén.

Dice la Comisión Europea en un informe elaborado en febrero de 2017 que las lámparas UV-C llevan décadas utilizándose y el número de incidentes conocidos causados por exposición accidental o uso incorrecto es «limitado». «Su utilización ha permitido proteger la salud humana mediante el saneamiento del agua, el aire y las superficies y evitando que las personas se contaminen. Sin embargo, el Comité Científico independiente de Riesgos Sanitarios, Ambientales y Emergentes (SCHEER) sobre los efectos biológicos de la radiación UV-C pertinentes para la salud, en particular en el caso de las lámparas UV-C no ha podido llegar a una conclusión sobre su seguridad, ya que hay pocos estudios sobre la exposición de las personas en condiciones normales de utilización».

Pero, cuando hace cuatro años en esta Clínica apostaron por pequeños cajones con luz ultravioleta UV-C para la desinfección de mandos a distancia, jamás imaginaron la evolución y el uso que tiempo después tendría esta tecnología. Dos años después compraron las lámparas. Son equipos que tienen una altura de algo más de un metro y medio, que apenas pesa 45 kilos y puede desplazarse gracias a sus ruedas guía por todas las dependencias del hospital. «Recuerdo que las utilizamos por primera vez en un quirófano donde se había intervenido a un paciente infeccioso y fue necesario desinfectarlo urgentemente ante el aviso de la Red Nacional de Trasplantes de un corazón disponible para un trasplante. Metimos las dos torres y en 20 minutos el quirófano estaba operativo», recuerda Guillén, quien durante un tiempo estuvo valorando otras opciones, entre ellas el ozono, pero que descartó por el riesgo de que fuera irritante. Ahora, augura larga vida a las lámparas de radiación ultravioleta después de la demanda que están experimentando en esta crisis mundial.

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